Tras deslumbrar con el romanticismo crepuscular de Decision to Leave, sumergir al espectador en la gramática de la violencia con su Trilogía de la Venganza o trasladar el amor, el engaño y el deseo de la época victoriana a la Corea ocupada en La doncella, Park Chan-wook vuelve a poner el ‘puño sobre la mesa’. Esta vez lo hace con No hay otra opción, su personalísima adaptación de The Ax, la novela de Donald E. Westlake. No es una adaptación al uso: es una apropiación, una disección y, sobre todo, una declaración de principios.

La película, la novela y la otra adapatación
Cada nueva película del director coreano llega precedida de expectativas, teorías y conjeturas. Todo eso se desvanece cuando se apagan las luces y aparece el primer plano. Aquí es el de una familia celebrando una barbacoa en el jardín de su casa: una pequeña mansión, símbolo de una clase media-alta que todavía cree en la estabilidad: Mansu, su mujer Miri, sus dos hijos y dos perros. La imagen rezuma felicidad, culminada con un abrazo colectivo y una frase que suena a sentencia: “No puedo pedir nada más”. Quien conozca el cine de Park Chan-wook sabe que esa felicidad tiene fecha de caducidad.
El golpe llega pronto: Mansu es despedido de la empresa papelera donde ha trabajado durante 25 años, y a la que ha entregado lo mejor de sí mismo. La realidad se impone con violencia burocrática. Entrevistas fallidas, puertas cerradas, silencios incómodos. Hasta que el cabeza de familia decide cambiar de estrategia… y actuar.
Como en muchas de sus adaptaciones, Park no se limita a trasladar una historia: busca el alma del texto original y la reubica en su propio universo, un espacio profundamente coreano pero universal en sus resonancias. El miedo a perder el trabajo, a caer del sistema productivo, atraviesa culturas y fronteras. No es casual que ya existiera una versión cinematográfica previa de la novela, Arcadia (2004), dirigida por Costa-Gavras, donde el thriller se mezclaba con un humor negro muy europeo. Park, sin embargo, afila el cuchillo en otra dirección..

Crítica y referencialidad
No hay otra opción es una radiografía despiadada del ultracapitalismo contemporáneo. Los trabajadores son recursos; cuando dejan de ser útiles, se convierten en costes. Mansu, pese a su cargo, es tratado como una cifra prescindible. Sus jefes —no deja de ser irónico que sean estadounidenses que han vendido la empresa a japoneses— solo saben repetir una frase tan vacía como devastadora: “no hay otra opción”. A partir de ahí, la familia comienza a recortar: un coche más pequeño, la anulación de las clases de tenis, la renuncia a los dos perros, la venta de la casa donde Mansu creció, la cancelación de las clases de violonchelo de la hija. Y, en uno de los momentos más lúcidos del guion, la decisión de eliminar internet mientras suena la sintonía de Netflix en el iPad del hijo. Park no subraya: observa, y eso duele más.
En un año en el que los Oscars han inventado la categoría de mejor reparto, resulta llamativo que sigan ignorando trabajos como el de este elenco. Lee Byung-hun está sencillamente inmenso. Tiene tiempo, espacio y talento para recorrer todos los registros posibles: dignidad, desesperación, rabia contenida. El paso del tiempo le sienta de maravilla. Son Ye-jin, conocida como la reina del melodrama coreano por series como Crash Landing on You o la más interesante Something in the Rain, construye una Miri compleja y poderosa: ejecutiva, madre, aliada. Siempre dispuesta a ayudar, pero feroz cuando alguien intenta aprovecharse, ya sea quitándose el sujetador para sobornar a un empresario, o acompañando a su hija mientras toca el violonchelo —algo que nunca hace para nadie—, su mirada lo dice todo. El reparto se completa con secundarios de lujo: Park Hee-soon, Lee Sung-min y Yeom Hye-ran, todos impecables.

El homenaje
Antes de cerrar, conviene detenerse en una de las referencias más importantes del film. Park Chan-wook rinde homenaje a Aimless Bullet (1960) de Yu Hyun-mok, una de las grandes obras del cine coreano. Ambientada en el Seúl de los años 60, retrata una sociedad en posguerra marcada por el hambre y la falta de trabajo. Su protagonista, que no tiene nada, debe comprar unos zapatos para una hija que tampoco tiene. A lo largo de la película sufre un dolor de muelas insoportable. El eco es claro: Mansu también sufre un dolor físico constante, y también acabará comprándole unos zapatos a su hija. No es un guiño: es un acto de respeto. El maestro saludando a su maestro.
Hubiera sido hermoso ver a Lee Byung-hun nominado al Oscar. Y todavía más hermoso e irónico que, al anunciar su nombre como ganador, la cámara mostrara las “butacas vacías” de los otros candidatos… y a Lee emulando a su personaje Mansu y diciendo con una media sonrisa amarga: “No había otra opción”.
Una crítica de Enrique Garcelán (CineAsia)