Con motivo del estreno en España de Noise, película que tuvo su premier mundial en el Festival de Cine de Toronto y que fue creciendo en su carrera comercial gracias al boca a boca, analizamos en este reportaje la importancia del género de terror a lo largo de la historia reciente del cine coreano.

El terror: un género ligado a la realidad social
La evolución del cine en Corea del Sur —y, en particular, del género de terror— no puede entenderse al margen del contexto político y social en el que se ha desarrollado la historia del país. Esto es cierto en cualquier cinematografía, pero en el caso del cine coreano forma parte de su propia esencia. El realizador Lee Chang-dong, que fue ministro de Cultura entre 2003 y 2004 durante el mandato del progresista Roh Moo-hyun, defendía que el verdadero terror para la sociedad coreana no reside únicamente en espectros vengativos de larga melena ni en la mitología fantástica. A menudo, el miedo más profundo se encuentra en la propia realidad.
De ahí la fuerza, la violencia y la crudeza que destilan muchas de las películas del género, especialmente aquellas surgidas en los inicios de la llamada Nueva Ola del cine coreano.

¿Es el terror uno de los géneros favoritos del público coreano?
Si observamos la producción de cine de terror en Corea desde la irrupción de The Ring (Hideo Nakata, 1998), película que supuso el renacimiento del terror asiático, podríamos pensar que se trata de uno de los géneros predilectos del público coreano. Desde entonces, Corea ha producido anualmente entre cinco y diez títulos de terror al año. Entre ellos encontramos adaptaciones como The Ring Virus, versiones locales de la novela de Kōji Suzuki; sagas de fantasmas escolares iniciadas por Whispering Corridors (que ya cuenta con seis entregas); thrillers de horror psicológico como Tell Me Something o Encontré al diablo; y películas centradas en figuras ya icónicas, como los fantasmas de larga cabellera (Doll Master o The Wig).
Sin embargo, esta percepción resulta engañosa. Entre los años 2000-2010, según datos del Korean Film Council (KOFIC), el género favorito del público coreano sigue siendo el melodrama, seguido de la comedia romántica, ambos con una popularidad constante. El terror, en cambio, ocupa los últimos puestos en las preferencias, solo por delante del cine erótico y la animación.

Los inicios del terror coreano moderno (2000-2010)
Mientras Japón y gran parte del mundo asistían al auge del nuevo terror asiático tras el estreno de The Ring, el llamado J-Horror, en Corea comenzaba a gestarse un fenómeno propio. A pesar del dominio del melodrama en la taquilla —con éxitos como A Promise—, en 1998 una película de terror logró situarse como la segunda más vista del año: Whispering Corridors.
Con más de 600.000 espectadores y superando a títulos internacionales como Salvar al soldado Ryan o una entrega de la serie de films de James Bond, la película dio origen a la saga de los yeogo goedam (historias de fantasmas ambientadas en institutos femeninos). A ella le seguirían Memento Mori, Wishing Stairs, Voice Letter y A Blood Pledge. Más allá del terror, Whispering Corridors destacó por su crítica indirecta al sistema educativo coreano, obsesionado con la competitividad.

En paralelo, Kim Dong-bin adaptaba en 1999 la obra de Suzuki en The Ring Virus, ofreciendo una versión más fría y estilizada, aunque sin superar el impacto del original japonés.
El verdadero punto de inflexión llegaría con Dos hermanas (Kim Jee-woon, 2003), considerada uno de los pilares del terror coreano contemporáneo. Con más de tres millones de espectadores, la película reformulaba el relato de fantasmas desde una perspectiva psicológica y emocional. A su estela surgieron títulos como The Uninvited (Lee Su-yeon, 2003), de atmósfera mística; o Acacia (Park Ki-hyeong, 2003), que combinaba melodrama y terror para abordar los conflictos de una familia tras una adopción.
El éxito del género llevó a una sobreproducción en 2004: durante el verano se estrenaron nueve películas de terror coreanas, muchas de ellas reiterando fórmulas ya conocidas. Entre ellas, The Doll Master, The Red Shoes, The Wig, Muoi o APT. También destacó Death Bell, coproducción entre Japón y Corea, que se convirtió en una de las sorpresas del verano de 2008 tras su paso por el Festival de Cine Fantástico de Bucheon.

El terror coreano se globaliza
Aunque Bedevilled (Jang Cheol-soo, 2010) no fue un éxito de taquilla en Corea, sí marcó un cambio de rumbo. Este intenso thriller, centrado en la violencia de género, abrió la puerta al folk horror coreano y tuvo una notable proyección internacional tras su paso por Cannes.
Durante años, el verano coreano se convirtió en temporada habitual para estrenos de terror, aunque con resultados desiguales. Películas como Horror Stories (2012) no lograron consolidar un gran éxito comercial. El verdadero punto de inflexión llegó en 2015 con The Priests (Jang Jae-hyun), un thriller sobrenatural de temática religiosa que, estrenado fuera del verano, superó los cinco millones de espectadores. Un año después, Na Hong-jin consolidaría esta tendencia con The Wailing (2016), una perturbadora mezcla de folk horror, chamanismo y thriller. Con siete millones de espectadores, la película se convirtió en uno de los grandes referentes del género en el siglo XXI.

La pandemia y la nueva ola del terror coreano
La pandemia transformó profundamente los hábitos de consumo audiovisual. Plataformas como Netflix han apostado con fuerza por el terror coreano, tanto en cine —#Alive, Revelations— como en series —Hellbound, Kingdom—. En este nuevo contexto, el cine ha comenzado a redefinirse. En 2023, Jason Yu debutó con Sleep, una propuesta inquietante que parte de una premisa cotidiana para generar angustia. Un año más tarde, Kim Soo-jin estrenó Noise, donde el sonido —y su ausencia— se convierte en el eje del horror dentro de un edificio. La película superó el millón de espectadores gracias al boca a boca.
Pero el gran fenómeno reciente ha sido Exhuma (Jang Jae-hyun, 2024), presentada en la Berlinale y convertida en un éxito masivo con más de diez millones de espectadores. Su combinación de geomancia, chamanismo y un sólido reparto encabezado por Choi Min-sik, Kim Go-eun y Lee Do-hyun ha llevado al terror, por primera vez, al centro de las miradas dentro de la industria de cine coreana.

En definitiva, el terror coreano ha recorrido un largo camino: de ser un género marginal para convertirse en una tendencia capaz de conectar con el gran público, sin perder su fuerte vínculo con las inquietudes sociales y culturales del país.
Un reportaje de Enrique Garcelán (CineAsia)