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El susurro del suelo: Una radiografía íntima de la China en transición

12/08/2026

Vivir la tierra es una de las preciosidades autorales procedentes de China que se estrena en España este 14 de agosto. Se presentaba a nivel mundial en la Sección Oficial del 75.º Festival Internacional de Cine de Berlín (Berlinale 2025), donde se consagró con uno de los galardones más prestigiosos del certamen: el Oso de Plata a la Mejor Dirección para el cineasta Huo Meng. Tras su paso europeo, la película continuó su recorrido internacional compitiendo por la Espiga de Oro en la Sección Oficial de la 70.ª Semana Internacional de Cine de Valladolid (Seminci 2025). Ahora llega a la cartelera española y es una de esas joyitas que no habéis de dejar perder.

El título original en mandarín, Sheng xi zhi di, encierra cierta carga poética y conceptual que sirve de declaración de intenciones: el término Sheng xi, alude de forma directa a los conceptos de multiplicar, crecer, respirar y perpetuar la vida, mientras que Zhi di, se traduce como «lugar» o «tierra». De este modo, el título original significa literalmente «La tierra donde la vida respira y se perpetúa», un concepto que va mucho más allá de la mera delimitación geográfica para definir el suelo rural como un organismo vivo, depositario de la memoria biológica y cultural de sus habitantes.

¿Quién es Huo Meng?

El artífice detrás de Vivir la tierra es el director, guionista y montador Huo Meng, nacido en 1984 en la provincia norteña de Henan. Meng, quien inicialmente se formó en Derecho en la Universidad de Comunicación de China antes de cursar una maestría en cinematografía, irrumpió con fuerza en el panorama cinematográfico internacional gracias a su brillante opera prima de ficción, Crossing the Border (Zhaoguan, 2018). Aquella sutil road movie rural en triciclo motorizado obtuvo el premio al Mejor Director en el Festival de Cine de Pingyao, el galardón a Mejor Director Asiático en el Festival de Fajr y una nominación en los prestigiosos premios Golden Rooster.

No olvidemos que una de las alma matters del Festival de Pingyao es ni más ni menos que el cabeza de la Sexta Generación de directores chinos, Jia Zhangke; con este gran nombre como padrino de Huo Meng, la película Crossing the Border tuvo una segunda vida cuando fue proyectada en una especie de retrospectiva en el Festival de Berlín… De ahí, ya conociendo al director, que su segunda película, la que nos ocupa, acabara en la Sección Oficial de la Berlinale el año pasado.

Con Vivir la tierra, basada en los recuerdos de infancia del propio Meng, el realizador consolida su mirada humanista, regresando a los paisajes de su Henan natal para construir un relato de mayor envergadura sobre la identidad y el arraigo.

Los ojos del pasado frente a la apisonadora del progreso

El cine histórico y contemporáneo de la República Popular China suele recurrir a las grandes urbes para explicar el milagro económico del país, pero la verdadera mutación del alma china se gestó en sus llanuras agrícolas. Vivir la tierra sitúa su metraje en un punto de inflexión histórico definitivo: el año 1991. Esta época marcó el inicio de la década de los 90, un periodo caracterizado por la aceleración de las reformas de apertura económica impulsadas tras el famoso «viaje al sur» de Deng Xiaoping.

Fue una era de privatizaciones masivas, desmantelamiento del tejido agrícola tradicional y el nacimiento de un éxodo rural sin precedentes, donde millones de campesinos se transformaron de la noche a la mañana en trabajadores migrantes para alimentar las fábricas de las zonas económicas especiales (como lo harán los padres del protagonista de la película que se marchan a Shenzhen).

Huo Meng decide filtrar este monumental cataclismo macroeconómico a través de una escala humana e íntima: la mirada inocente y perpleja de Xu Chuang (interpretado magistralmente por el joven Wang Shang), un niño de diez años que es dejado atrás en la aldea de Bawangtai bajo el cuidado de su bisabuela y su familia extensa, mientras sus padres emigran a la ciudad en busca de sustento. A través de las vivencias del pequeño Chuang, la película se transforma en un cautivador lienzo de costumbres. Los ojos de este niño se convierten en los cronistas de un microcosmos en vías de extinción, guiando al espectador a través de los rituales que pautan el día a día de la gente del campo: bodas ruidosas, funerales solemnes, nacimientos y las celebraciones comunitarias.

El conflicto latente del filme se articula mediante un tono profundamente nostálgico, erigiéndose como una elegía comparativa entre la vida tradicional —arraigada a los ciclos naturales de la siembra y la cosecha— y la inminente modernidad que llega para imponerse de forma implacable. No hay un villano explícito en la cinta de Meng; el antagonista es el paso del tiempo materializado en la llegada de la tecnología y la progresiva mecanización del campo. La película opera casi a la manera de un documental etnográfico, sosteniéndose sobre un tempo narrativo pausado, contemplativo y respetuoso con la cotidianidad de sus personajes, lejos de las urgencias del cine comercial contemporáneo.

Este realismo casi táctil se ve potenciado por dos decisiones, una estética y otra de casting, fundamentales. Una es la impresionante fotografía de Guo Daming que captura la evolución de las cuatro estaciones en la provincia de Henan con una preciosista (pero sin excesos) composición visual, usando la luz natural para dotar de una belleza mística a las tareas más mundanas de la labranza. Y la segunda pasa por la hibridación de su elenco: mezclar intérpretes profesionales con los propios habitantes de las aldeas rurales de Henan otorga a la cinta una verdad interpretativa descarnada. Las arrugas, las manos curtidas por el sol y los dialectos locales de los no profesionales enriquecen el entorno sonoro y visual, diluyendo las fronteras entre la ficción y el registro documental puro.

Cartografía industrial: El cine de autor frente al imperio del blockbuster

Para comprender el verdadero mérito de una propuesta como Vivir la tierra, resulta interesante analizar su posición dentro del complejo ecosistema de la industria cinematográfica china contemporánea. Desde el inicio del Nuevo Milenio, y con especial énfasis en los últimos quince años, la infraestructura cinematográfica de China ha experimentado una metamorfosis radical sustentada en la construcción masiva de complejos multiplex y la maduración tecnológica de sus estudios. En este escenario actual no existe un movimiento unificado comparable a las históricas Quinta o Sexta Generación de cineastas; en su lugar, el mercado está rígidamente dominado por la que podemos denominar «Generación Blockbuster». Una generación de directores enfocada en el desarrollo de colosales producciones de entretenimiento masivo, comedias comerciales e historias de corte patriótico diseñadas con precisión industrial para congregar a millones de espectadores locales en las salas de cine.

Un ejemplo idóneo (uno de tantos que podríamos usar) de este fenómeno comercial se manifiesta en las listas de éxitos de taquilla. Una de las películas más exitosas de la temporada festiva china es el drama de acción automovilística Pegasus 3 (dirigida por Han Han). Esta cinta se erigió como un titán comercial indiscutible al arrasar durante el Año Nuevo Chino, acumulando una masa de más de 23 millones de espectadores en taquilla y superando la asombrosa cifra de 280 millones de dólares en recaudación en apenas sus primeros días en cartelera (escalando posteriormente por encima de los 500 millones totales en su recorrido).

En la acera opuesta de esta mastodóntica realidad comercial se sitúan directores como Huo Meng. Estos realizadores, totalmente volcados hacia el cine de autor independiente, continúan representando —salvo contadísimas y milagrosas excepciones— un estricto nicho de mercado dentro de la taquilla china. Debido a la falta de salas comerciales de circuito artístico masivo en su territorio de origen, Vivir la tierra ha tenido dificultades para ver un estreno comercial amplio en China, encontrando su principal ventana de validación económica y visibilidad cultural a través de la preventa de derechos a distribuidoras internacionales de prestigio y su distribución en circuitos de salas de arte en Europa, donde el reconocimiento de la crítica compensa el abismo financiero respecto a los grandes blockbusters de su país natal.

Vivir la tierra es, además de su valor artístico y en última instancia, una obra de resistencia cultural. Frente a los motores rugientes y los efectos digitales por ordenador de la cartelera comercial, la película de Huo Meng supone un sutil aliento para el cine autoral chino, junto al lamento nostálgico de la China tradicional y el rostro de un niño que mira fijamente a una tierra que se desvanece bajo sus pies. Una joya indispensable para entender el pasado y el presente de una nación en constante reinvención.

Por Gloria Fernández

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