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Las Óperas primas 2º parte. Japón: del clasicismo a la posmodernidad

14/03/2012

El cine llega a Japón a finales de siglo (1897), de la mano de los Hermanos Lumière, a un país que está en un proceso de cambios, iniciados con la era Meiji (cuando las importaciones desde el extranjero sólo se han iniciado pocas décadas antes. Está empezando a mirar hacia el exterior). Las primeras cintas que se rodaron, tanto de geishas como de bailes populares, no fue debido a que se encontraran entre la quintaesencia de lo japonés, pero sí debido a su fuerte atractivo  y consumo por parte del público.

Desde entonces la cinematografía nipona ha contado mil historias. Samurais, geishas, thrillers de la yakuza, monstruos que alertan del peligro nuclear, dramas post bélicos, pinku eigas… Kurosawa, Ozu, Miike, Sono Sion, Tsukamoto, Ishii, Sabu, Matsumoto… Pero algo permanece inalterable estos últimos cien años… la dificultad de los directores a la hora de enfrentarse a su primera obra. La ópera prima.

Hace poco más de cinco o seis años que el nombre de Yoji Yamada era sólo conocido por cuatro gatos entusiastas de la cinematografía nipona, pero a consecuencia del estreno en salas de cintas como El Ocaso del Samurai o The Hidden Blade, este cineasta bondadoso del que nadie nunca ha gozado cuestionarle sus métodos de trabajo, se ha hecho un hueco entre la cinefilia española. Quedan muy pocos cineastas japoneses a los que podríamos denominar como clásicos. Yamada podríamos llamarlo como tal si no fuese porque en la época en que se inició como cineasta, realizadores tan sobrevalorados hoy en día como Akira Kurosawa o Yasujiro Ozu, empezaron a despuntar en Occidente. Pero lo suyo es el puro clasicismo cinematográfico, amparado por una pulcra formalidad extraída del gendai geki eiga de posguerra. Y es que Yamada empezó en la Shochiku en 1954 como ayudante de dirección, justo después de licenciarse en la Universidad de Tokio. Tuvieron que pasar hasta siete años para que le dejaran dirigir su primer film: Nikai no Tanin.

Cuenta que a penas asistía a la escuela de cine, que no reconoce influencias directas, que acepta cualquier encargo y gran parte de su extensa filmografía se ha estrenado exclusivamente en vídeo; sin embargo, el nombre de Takashi Miike, realizador hiperactivo donde los haya, aparece últimamente en boca de todos, cinéfilos y cinéfagos. Reconocido en Occidente gracias a uno de sus trabajos previstos para el mercado videográfico nipón que acabó estrenado en salas (Fudoh: The New Generation, 1996 ) y después convertido en habitual de los festivales internacionales más inquietos por los que se ha paseado gran parte de su filmografía más reciente, la obra de Miike ha sido comentada y analizada en numerosos medios aunque pocos han querido molestarse en profundizar en sus aspectos más ocultos. Pero, ¿cuál fue su primera película?

A caballo entre Japón, donde nació, y Australia, donde estudió cine y de donde provienen sus directores más admirados (Peter Weir o Russel Mulcahy, entre otros), Ryuei Kitamura se define como un cinéfilo empedernido: “cuando era niño no iba a la escuela. Sólo iba al cine desde la mañana hasta la noche viendo películas una vez y otra vez”. Incluso ahora, a pesar de que no para de trabajar, tiene tiempo para ver cine: “las películas han sido y son mis maestras”. En sus primeros trabajos ya despuntaba como un director a tener en cuenta, ya que durante sus dos años de estudio en Sydney empezaban a caerle ya premios por sus realizaciones. Después de sus dos primeros trabajos semi-profesionales, a los que podríamos definir como ensayos más bien “amateurs”, sobre lo que luego serán sus principales obras, le siguió Versus (2000): Kitamura, decidió arriesgar su propio dinero (a finales de los 90 crea su propia productora con un nombre igual de provocador que sus films: Napalm Films) y de forma independiente (alejado de las grandes productoras que no le hacían ni caso) apostó por una forma nueva de hacer cine.

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