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The Grandmaster (Wong Kar-Wai, 2013)

10/01/2014

“Yo querría recordar algo que proviene de la cultura china y el Budismo. Mirar con sus ojos permite ver. Mirar con su corazón permite apreciar. Espero que el público reciba la película con una mirada fresca, y no en referencia a mi obra anterior, ni al género en el cual se inspira. Es esta nueva mirada que, espero, hará de esta película una experiencia única y gratificante.”

Con estas palabras conciliadoras, vertidas en rueda de prensa e incluidas en el cofre de la edición francesa, Wong Kar-Wai presentaba su versión (¿definitiva?) de uno de los personajes marciales que más adaptaciones ha tenido en el pasado lustro. 08Unas palabras que venían a arrojar un poco de luz ante el que ha sido uno de sus rodajes más prolongados y una advertencia hacia todos aquellos prejuiciosos que tachasen esta personalísima recreación de las vicisitudes de Ip Man de demasiado artística, sin haber leído nunca nada acerca de su verdadera historia. Puede que algunos parajes de su vida hayan quedado en el aire, todo hay que decirlo. Muchos coincidirán en que  hubiera necesitado de una depuración biográfica mucho más concienzuda. Pero es que estas sabias palabras vienen a borrar cualquier indicio de biopic lineal, previsible o cronológico, vienen a suprimir la creencia de que el género por antonomasia del cine chino es un mero reducto de coreografías marciales clónicas sin emoción alguna con guiones muy elementales (aunque eso muchos ya lo sabíamos desde hace bastantes añitos). El contrapunto que ofrece Kar-Wai, pues, en esta diacrónica fabulación del otrora maestro de Bruce Lee (sí, inevitablemente hay que mencionarlo y con mucha honra) es su búsqueda intrínseca de un nuevo lenguaje para el cine de artes marciales y del propio “wuxia pian”. También vincular, de forma muy estrecha, la espiritualidad que emana de todo movimiento marcial efectuado por su practicante, supeditar las artes marciales, el “wing chun” (estilo que Ip Man aprendió y desarrolló en Hong Kong, siendo el primer maestro en mostrar las técnicas de esta disciplina marcial de forma abierta), al mismo nivel que la religión budista. Hasta hace relativamente poco, solo el “tai chi”, en su acepción más ascética, era la única disciplina marcial que había logrado afianzar su espiritualidad fuera de sus fronteras naturales; muchos fueron los occidentales que lo descubrieron en la última década del siglo XX y decidieron probarlo. Producciones como Pushing Hands (Ang Lee, 1992) ayudaron a difundir esta actividad deportiva que promueve la meditación en movimiento, sin sus variantes armamentísticas y, a partir de entonces, verla practicar en grandes ciudades por esos madrugadores entusiastas orientalistas no resultó tan insólito. Ahora Kar-Wai sube de eslabón y ofrece a las grandes masas la posibilidad de redescubrir el “wing chun” desde la óptica del maestro que dio un paso de titanes, el paso definitivo, para que este arte marcial se normalizara entre la plebe de su país.

05Kar-Wai ya había tanteado el  género en el pasado, de forma directa en Ashes of Time (1994), incomprendido, desestructurado y remontado “wuxia pian” de composición mucho más clásica de lo que en su momento se dijo; y, de forma indirecta, a través de las ficciones ‘pulp’ con las que el escritor Chow Mo-Wan (interpretado precisamente por Tony Leung Chiu-Wai, que es el encargado de encarnar a Ip Man en The Grandmaster) intentaba sobrevivir en Deseando Amar (2000). Sin embargo, ahora sí que puede afirmarse que ha realizado un verdadero filme de artes marciales. Y es que, aunque a algunos les parezca que le falte acción en algunas partes de su trama (tampoco era necesario sobresaturar al espectador convencional con esas dolorosas acrobacias, como sí sucede en el díptico que realizó Wilson Yip sobre el mismo personaje histórico), lo que le sobran, precisamente, son momentos de plasticidad. Unido a que el encadenamiento dramático es tan intenso que, más allá de las secuencias marciales, hay enfrentamientos dialécticos que no dan tregua al espectador, acordes con los distintos períodos históricos que se representan sobre buena parte de la China del siglo XX, desde la ascensión belicista hasta la invasión nipona, pasando por el desarrollo urbanístico y cambios sociales de Hong Kong en los años 50. Períodos que tampoco son reflejados en toda su magnitud, sólo de forma intuitiva sabemos en qué años transitan los personajes, y es trabajo del espectador situarlos en el espacio-tiempo de acuerdo con la secuencia que está visionando. Puede que en esa intensidad emocional encontremos la espiritualidad a la que se refería el realizador y sea el motivo de esa irreductible desalineación atemporal en su narración, acompañada por una puesta en escena completamente novedosa con respecto a la que Kar-Wai nos tenía habituados, justificándose así los saltos temporales entre esos períodos históricos sin perder, ni la unidad temporal, ni el sentido del ritmo. Eso viene a probar su abandonamiento de los patrones clásicos del género a los que aludía en sus palabras iniciales y que las bellísimas coreografías marciales se concentren prácticamente en su primera hora de metraje, siendo decisivo su primer cuarto de hora, puro esteticismo marcial que rememora la puesta en escena de Zhang Yimou en La Casa de las Dagas Voladoras (2004).

04Su devenir narrativo en la segunda parte de metraje, proclive a dejarse llevar por ese amalgamamiento consecutivo de acontecimientos históricos sin previa contextualización a la que me refería, puede provocar cierta desconexión entre los espectadores occidentales, y más cuando esa concentración de eventos se van intercalando con la evolución de los propios personajes secundarios, que a veces dan la sensación de que en realidad todos ellos son principales, pues participan activamente en la vida del maestro y su evolutiva trayectoria como personaje público, hasta convertirse en el mito histórico en el que se convirtió. He aquí la intelectualidad que ha querido imprimirle de forma sabia, para distanciarse de ese “wuxia pian” cinematográfico que, de forma totalmente loable y respetable y aludiendo al carácter folletinesco de sus fuentes originales, es sólo un entretenimiento disfrutable con el que desahogarse.

the_grandmaster_posterdY es que Kar-Wai ha construido un filme coral repleto de personajes vinculados a la figura de Ip Man, girando todos a su alrededor como si fueran los artífices de sus logros y progresos marciales. Parece que Ip Man quede relegado a un segundo plano para mostrar las vivencias de estos personajes, lo que nos da a entender que su objetivo era el de hacer una crónica histórica de buena parte de los agitados acontecimientos que marcaron la historia china durante tres décadas utilizando la figura de este “si fu” moderno y que fue en posterioridad (la película ha tardado hasta ocho años en terminarse, desde el momento en que se concretó hasta que llegó en las salas hongkonesas y chinas) cuando le dio la intencionalidad de honorificar el “wing chun”. Tal y como expresaba el director de fotografía Philippe Le Sourd, que fue contratado en 2009 por Kar-Wai para dar inicio al rodaje: “tenía la impresión de que la película no se terminaría jamás. Lo único que sabíamos al empezar era que se suponía que íbamos a hacer una película sobre los grandes maestros de las artes marciales”. En efecto, parece que los personajes circundantes, auténticos maestros igual que Ip Man, respalden estas declaraciones. A grosso modo, y sirva de guía rápida, éstos serían los que más peso tienen en la narración: Zhang Yongcheng (Song Hye Kyo), la sacrificada esposa de Ip Man que sin tener conocimientos marciales decide apoyar a su marido hasta el final; Gong Baosen (Wang Qingxiang), el auténtico maestro de la comunidad del Norte y el primero en unificar los estilos de Xing Yi (coreografías que se inspiran del mundo animal) y Ba Gua (movimientos basados en los hexagramas esotéricos del monje Yi Jing, cuya filosofía confucianista nos llegó agrupada en manuales de autoayuda con el epíteto de I Ching, recogiendo los manuscritos resumidos oraculares que dejó escritos el monje); Gong Er (Zhang Ziyi), la hija de Baosen capaz de ejecutar la complicada técnica de las “64 manos”; Jiang (Shang Tielong), un ex-asesino que se encarga de hacer de guardaespaldas de la hija de Baoesen; Ma San (Zhang Jin), fue recogido por el Maestro Baosen y es un digno sucesor al dominar a la perfección el estilo “xing yi”; y La Lame (Chang Chen), un policía de la división secreta del gobierno nacionalista experto en Ba Ji (facción agresiva del kung-fu). Todos ellos vienen a dictaminar que The Grandmaster puede definirse como una auténtico “work in progress” constante, una odisea evolutiva por los  caminos menos previsibles de las artes marciales a manos de los mejores expertos. Ríanse de 2046 (2004) y su remontajes definitivos. Puede, pues, que estemos ante la obra monumental de Wong Kar-Wai, del mismo modo que lo relatado en ella viene a confirmar que Ip Man fue uno de los grandes personajes del siglo XX, no solo para el pueblo chino, sino también a nivel universal.

LO MEJOR: el logrado esfuerzo por parte del realizador para crear un nuevo lenguaje que sirva para narrar biografías de personajes célebres desde la emoción, intuición, intelectualidad y los detalles más superfluos, sin caer en la pedantería o los excesos esteticistas.

LO PEOR: que el devenir narrativo en su segunda hora desmotive a los fanáticos del cine de artes marciales, si bien, esa sensación de fluidez narrativa, que algunos les recordará a la que Terrence Malick utilizó en El Árbol de la Vida, son un síntoma metafórico de los movimientos de las distintas artes marciales que podemos contemplar a lo largo de su metraje y un paso evolutivo en el estilo del realizador.

 Por nuestro colaborador Eduard Terrades Vicens

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